ser humano no se aviene a aceptar en la vida, y prefiere achacarlas a lo sobrenatural,
a lo imposible. Luis no
contó con aquellos obstáculos; Luis creyó que le bastaría
presentarse para que todos lo conocieran. Sol vi-
viente, no admitía que pudiesen compararle con hombre alguno ni que toda
antorcha no se convirtiera en
tinieblas tan pronto él hacía brillar su rayo vencedor. Así
es que al ver a Felipe, quizás fue él quien quedó
más petrificado que todos los demás, y su silencio, su inmovilidad,
fueron el tiempo de recogimiento y de
calma precursores de las explosiones violentas de la cólera.
Mas ¿quién sería capaz de pintar el sabrecogimiento y el
estupor de Fouquet en presencia de aquel retrato
viviente de su soberano? Fouquet se dijo mentalmente que Aramis tenía
razón, que el intruso era un rey tan
puro en su estirpe como el otro, y que para haber repudiado toda participación
en aquel golpe de Estado tan
hábilmente llevado a término por el general de los jesuitas, era
preciso ser un loco entusiasta, para siempre
indigno de poner las manos en una obra política. Además, Fouquet
sacrificaba la sangre de Luis XIII a la
sangre del mismo rey, una ambición noble a una ambición egoísta,
el derecho de adquirir al derecho de
conservar. Bastóle ver al pretendiente para comprender todo el alcance
de su desacierto.
Para todos quedó envuelto en el misterio lo que pasó en el ánimo
de Fouquet, el cual tuvo cinco minutos
para concentrar sus meditaciones respecto de aquel punto del caso de conciencia;
cinco minutos, es decir,
cinco siglos durante los cuales los dos reyes y su familia apenas tuvieron tiempo
de rehacerse de tan terrible
conmoción.
D'Artagnan, arrimado a la pared, al lado del superintendente, con la mano en
la cabeza y la mirada fija,
no acertaba a explicarse aquel prodigio. De pronto no pudiera haber dicho por
qué dudaba; pero es seguro
que sabía que había tenido razón al dudar, y que en aquel
encuentro de los dos Luises, estaba todo el miste-
rio que, durante aquellos últimos días, hizo tan sospechosa al
mosquetero la conducta de Aramis.
Sin embargo, D'Artagnan, como los actores todos de aquella escena, no veía
claro; parecía nadar en las
nieblas de un pesado sueño.
De pronto, Luis XIII, más impaciente y más acostumbrado a mandar,
se abalanzó a los postigos y los
abrió de par en par rasgando las colgaduras, dando con ello paso a una
oleada de luz que inundó de claridad
el dormitorio e hizo retroceder a Felipe hasta la alcoba.
--Madre --exclamó Luis aprovechando con ardor el movimiento de Felipe
y dirigiéndose a Ana de Aus-
tria; --madre, ya que aquí han desconocido todos a su rey, ¿no
conocéis vos a vuestro hijo? '
Ana de Austria se estremeció y levantó las manos hacia el cielo
sin poder articular palabra.
--Madre --dijo Felipe con voz tranquila, --¿no conocéis a vuestro
hijo?
Luis retrocedió a su vez.
Ana de Austria, herida en su razón y en su alma por el remordimiento,
perdió el equilibrio, y como nadie
la socorrió por estar todos petrificados, cayó en su sillón
exhalando un débil suspiro.
Luis XIV, no pudiendo soportar aquel espectáculo y aquella afrenta, se
abalanzó a D'Artagnan, de quien
empezaba a apoderarse el vértigo, y que se tambaleaba rozando la puerta
que le servía de apoyo, y excla-
mó:
--¡A mí, mosqueteros! Miradnos a los dos cara a cara y ved cuál
de las dos está más pálida.
Aquella voz despertó a D'Artagnan y removió en su corazón
la fibra de la obediencia. Así pues, el mos-
quetero irguió la frente, y, sin vacilar más, se acercó
a Felipe, le sentó la mano en el hombro y le dijo:
--Daos preso, caballero.
Felipe no levantó los ojos hacia el cielo, ni se movió del sitio
en que se encontraba como si hubiese echa-
do raíces en él; lo único que hizo fue clavar una intensa
mirada en su hermano, reprochándole con sublime
silencio todas las amarguras y todos sus martirios venideros. Ante aquel lenguaje
de alma, Luis, sin fuerzas,
bajó los ojos, y llevándose precipitadamente consigo a su hermano
y a su cuñada, abandonó a su madre
tendida y sin movimiento a tres pasos del hijo a quien por segunda vez dejaba
condenar a muerte.
Felipe se acercó a Ana de Austria, y con voz dulcísima y noblemente
conmovida, dijo:
--Madre, madre mía, si yo no fuese vuestro hijo os maldeciría
por haberme hecho tan desgraciado.
D'Artagnan sintió hielo en la médula de sus huesos, y saludando
respetuosamente al joven príncipe, le di-
jo medio encorvado:
--Monseñor, perdonadme, no soy más que un soldado, y mis juramentos
me ligan al que acaba de salir
de este aposento.
--Gracias, señor de D'Artagnan. Pero ¿qué ha sido del señor
de Herblay?
--El señor de Herblay está a salvo, monseñor --dijo una
voz tras ellos, --y mientras yo aliente o esté li-
bre, nadie le tocará un cabello.
--¡Ah! ¿sois vos, señor fouquet? --repuso Felipe sonriéndose
con tristeza.
